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Yahaira Nieves Ramos, residente en la antigua Escuela Central del barrio Pellejas en Adjuntas. (Cortesía: Rhet Lee García)

De Pellejas para todos: oasis energético en la casa de Yahaira Nieves

Nota de la editora: Segundo de 12 reportajes de la serie Las mujeres y la energía solar: historias de lucha en la montaña, que resalta las historias de mujeres líderes que se valen de la energía limpia y renovable para realizar trabajo comunitario de impacto y practicar la solidaridad en Adjuntas y pueblos limítrofes.

Se publicará uno por mes durante el 2020 como parte de una colaboración con Casa Pueblo de Adjuntas, en ocasión de su 40mo aniversario.

Por Michelle Estrada Torres

Escondidas en la espesura del monte, las estructuras pertenecientes a la otrora Escuela Central en el barrio Pellejas de Adjuntas son hoy el hogar de cuatro familias.

Personas que necesitaban vivienda rescataron este espacio hace muchos años y con el paso del tiempo sus ocupantes han ido cambiando. Cuando el huracán María azotó a Puerto Rico en el 2017, el lugar estaba lleno de menores de edad, quienes eran los que más sufrían la falta de energía eléctrica.

Eso impulsó a Yahaira Nieves Ramos, madre de dos adolescentes, a tocar las puertas de Casa Pueblo para pedirle un salvavidas energético.

En principio, Yahaira, de 36 años de edad, recibió bombillas solares con las que “se defendía” en las oscuras noches en el campo. Luego, tuvo acceso a un electrodoméstico que, no solo le benefició a ella, sino a sus tres vecinas, dos de las cuales son sus hermanas. Entre todas tenían una decena de niños y adolescentes.

“Estuvimos 11 meses y medio sin luz. Como a los 10 meses, solicité en Casa Pueblo la nevera solar. Gracias a Silvia y a Rebeca, vinieron, inspeccionaron, chequearon y dijeron que sí necesitábamos esa ayuda y me instalaron la nevera solar”, recordó la ama de casa, quien también es recogedora de café en temporada de cosecha.

Aunque pequeña, la nevera se convirtió, pues, en elemento esencial para que la comunidad pudiera conservar alimentos y medicinas.

“En ese tiempo yo ayudé a los vecinos. Yo ponía botellas de Pepsi, las llenaba de agua, se congelaban y le daba una botellita a cada familia. Les decía que me dieran paquetitos de carne pequeños y se los guardaba para que resolvieran. Los medicamentos. Y si salía le dejaba las llaves a mi hermana para que abriera por si alguien necesitaba buscar lo suyo”, aseveró la mujer, quien vive con su pareja y dos hijos de 13 y 17 años.

Nueva meta: placas solares

Aunque la nevera representó un alivio, Yahaira aspiró a conseguir más ayuda, para darle estabilidad y mejor calidad de vida a la pequeña comunidad de la Central. El servicio de la Autoridad de Energía Eléctrica se había reinstalado, pero era intermitente.

“Me enteré por Facebook que estaba el servicio de las placas solares. Fui a Casa Pueblo en busca de ellas, les expliqué la situación y me dijeron que eso era un proceso. Cuando ellos vinieron estábamos sin luz. Les dije que eso era a cada rato y que en verdad necesitábamos el servicio de las placas solares. Ellos dialogaron, me hicieron una llamada para que fuera a entrevista y cualifiqué”, relató.

El atreverse a solicitar las placas ya había dado resultado, ahora solo faltaba convencerse de que podía asumir un compromiso de servicio comunitario.

“Cuando yo fui a entrevista me explicaron muchas cosas y me preguntaron ‘¿tú estás dispuesta a dar ayuda a otras personas?’. Me dije que era un sacrificio, que era difícil. (Me preguntaba) ¿Podré? ¿No podré? Pero en realidad la necesitaba. Y dije ‘¿por qué no ayudar a los demás?’, si cuando la estoy solicitando es porque la necesito y otro también necesita y no pudo llegar a solicitar la ayuda. Y acepté las condiciones que ellos (Casa Pueblo) dieron”, indicó Yahaira.

Un sistema compartido

Lo que vino luego fue un proceso de aprendizaje, hasta volverse capaz de operar plenamente el sistema de energía solar compuesto por 12 placas y ocho baterías.

“Yo me hago cargo como tal del servicio de las placas solares. Yo soy la que manejo si está alterado, si están haciendo mal uso de las placas. Planificamos cuándo vamos a lavar (ropa). Si veo que alguien está haciendo mal uso tumbo porque también yo soy la responsable de ese sistema”, explicó.

“Es un sistema bien fuerte, exitoso, que nos ha suplido a muchas familias. Mi casa completa es solar. Solamente tengo dos outlets de energía eléctrica”, agregó con orgullo.

Convertirse en oasis energético en una zona apartada le ha permitido extenderle la mano a otras familias de la montaña adjunteña.

“Desde que tengo esta ayuda, aparte de mis vecinos, yo ayudo a otras familias en Las Cruces, ayudo a mi mamá, a su vecina, a una amiga mía que vive en El Hoyo. Y les digo que si alguien necesita y no tiene luz, aquí puede guardar (artículos) porque esto no es mío. Esas placas solares son de todos. Hay que aprovecharlas y darles servicio”, manifestó.

“Me dicen ‘las placas te las dieron a ti’. No, están en mi casa pero no es mío, eso es de la comunidad y es para ayudar a todo el mundo. No lo voy a coger para mí porque me la instalaron a mí. No, eso es de toditos”, reiteró.

Al mirar hacia atrás y reflexionar sobre el provecho obtenido del sistema, expresó: “le doy gracias a Dios que me pusieron esas personas en mi camino, que confiaron en mí, que yo podía ayudar a otras personas”.

Y agradeció a Casa Pueblo por ser ente facilitador de la insurrección energética y el apoderamiento de las comunidades.

“A través de ellos aprendí que uno no debe abarcar todo, uno debe dar para recibir y ayudar a otras personas”, sostuvo.

Publicado: 25 de febrero de 2020